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El Centro de las Artes Indígenas, una invitación a la renovación del ser.
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A+ A- • La danza del Palo Volador, la manera simbólica de refrendar el compromiso de cada uno de nosotros con el gran ciclo del tiempo.
De la redacción.
En el Centro de las Artes Indígenas (CAI) las palabras brotan para enviar un mensaje de renovación: 2013 es el momento para vivificar nuestro compromiso con la tierra y con la juventud, de entablar un diálogo entre tradiciones, pueblos y seres humanos, una invitación a la restauración de pensamientos y sentimientos para cumplir un ciclo esencial en nuestras vidas, el ciclo del amor por la vida y la de los que nos rodean.
Cruz Ramírez Vega , director de la Escuela para Niños Voladores del CAI e integrante del Consejo de Voladores, que desde hace más de 13 años busca tierra fértil para el crecimiento de la tradición de la danza del Palo Volador, dentro y fuera del Totonacapan, dijo que actualmente son alrededor de 300 estudiantes que se instruyen en esa y otras escuelas de las comunidades circundantes.
Comentó que este año se hará un replanteamiento de la danza regresando a su sentido espiritual y ritual, por eso es necesario que todos los niños que asisten a la escuela sepan hablar totonaco.
La pureza de las palabras con las que se entonan los sones y los rezos, que son la parte sustancial de la danza del Palo Volador, requiere una atención especial y para ello son pronunciadas desde el corazón, así también nuestra función en la tierra debe ser llevada a cabo desde el corazón, afirmó.
La danza del Palo Volador, más que una danza digna de verse, es, en el universo totonaca, un rito propiciador del ciclo más importante: el ciclo del agua; es un rito agrícola de petición de lluvias en el cual el caporal (puxku), que toca la flauta y el tambor, se sitúa en la parte más alta del palo, cumpliendo la función de
Nuestro Padre Sol (Kintikukán Chichini’), mientras los cuatro danzantes (makgtayananín) simbolizan la lluvia y los rayos del sol que se mezclan como principios opuestos-complementarios para fertilizar a
Nuestra Madre Tierra (Kintsekán Tiyat).
La danza del Palo Volador es la manera simbólica de refrendar el compromiso de cada uno de nosotros con el gran ciclo del tiempo, que es representado por las 13 vueltas que dan los danzantes antes de tocar de nuevo el piso; 13 que multiplicadas por cuatro suman los 52 años que duraba el ciclo temporal antiguo y que en pasado 2012 encontró un final significativo.
Para Cruz Ramírez Vega , cada alumno de la Escuela para Niños Voladores es como una semilla que hay que plantar, regar, ver crecer, cuidar, y esto no sólo se explica de manera metafórica sino que, dentro de las actividades de la escuela, se encuentra también la de la salvaguarda del árbol sagrado que se ocupa para efectuar esta danza, el Tsakátkiwi o Palo Volador.
Por el cambio de uso de la tierra en la región y por el desconocimiento de las antiguas enseñanza, ahora es difícil encontrar este árbol en las cercanías de Papantla y, por ello, han tenido que sembrarlo y cuidarlo ellos mismos.
Éste no ha sido un trabajo fácil, pues al ser una especie silvestre, cualquier método de cultivo tenía que ser experimental: cuando la semilla se recolecta en junio, se siembra en pequeños recipientes hasta que sale el brote pequeño y cuando éste alcanza unos cinco centímetros se traspasa a una bolsa más grande en donde permanece hasta los 10 ó 15 centímetros de altura, entonces ya está listo para ser trasplantado a su lugar definitivo.
La búsqueda de este espacio es lo más complicado; en la Escuela para Niños Voladores hay varias matas sembradas alrededor, pero desafortunadamente se ven amenazadas constantemente por el desconocimiento de algunos, quienes las pisan sin querer.
"Podríamos pensar que con las personas es igual, que uno se encarga de enseñar lo bueno y las costumbres ancestrales para el cuidado de lo físico y lo invisible, pero en el proceso del crecimiento hay muchas cosas que amenazan esas enseñanzas, por eso es bueno siempre estar en contacto con los abuelos, con la gente mayor, escuchando sus consejos y su palabra. No dejar de hablar nunca".
Epifanio Hernández García , maestro de totonaco de la Escuela para Niños Voladores, valora la función lingüistica de las palabras y sus variaciones regionales, pero enfatiza la necesidad de utilizarlas de la manera correcta, de poner el corazón en los mensajes que se transmiten y en la fuerza que adquieren cuando se habla con claridad.
Ésta es una invitación al diálogo entre tradiciones, entre pueblos y entre seres humanos, una invitación a la renovación de pensamientos y sentimientos desde el interior de cada uno y su eventual proyección para lograr cumplir un ciclo esencial en nuestra vida cotidiana: el ciclo del amor por nuestra vida y la de los que nos rodean.
Así como en la danza
Nuestro Padre Sol irradia y fertiliza todo con su claridad, nosotros podemos iluminar nuestra pequeña esfera con el buen uso de nuestras palabras, que son las semillas del alma.
13/03/13
Nota 104150